domingo, 10 de octubre de 2010

Epidemias y Hambrunas durante la Revolución Mexicana

Ya nos asomamos en el anterior artículo de esta serie a los desajustes económicos provocados por la etapa bélica de la revolución mexicana durante la década de 1910. En este otro veremos cómo se trasladó esta crisis al nivel de vida de los mexicanos.

Conservamos una imagen reduccionista de la revolución, que es alimentada por el cine y la televisión: soldados bien vestidos y alimentados atacando reductos porfiristas en escenas que no son sino eso: mera imaginación. Este centenario merece que también entendamos la revolución como un proceso en el que las  irracionalidades y estragos provocados por ardor ideológico, ignorancia o lo que usted quiera, liberaron sobre los mexicanos a los cuatro jinetes del apocalipsis: la guerra, el hambre, la peste y la muerte durante esa década de 1910 a 1920.
Para empezar, debemos entender que los efectos económicos de la revolución no tuvieron la misma intensidad en todo el país, y tampoco fueron simultáneos. Nuestra región fronteriza de Sonora, por ejemplo, sufrió especialmente de 1916 a 1919 debido a su dependencia económica de los Estados Unidos.

Ya vimos anteriormente la consecuencia del ataque villista a Columbus: la expedición punitiva en persecución de Villa, que provocó que diariamente corrieran rumores de una invasión a Sonora. Así fue cómo nuestro Estado realizó durante junio de 1916 un inventario de los alimentos que había en la entidad para el caso de una guerra, y todo Nogales, Sonora, tuvo que ser evacuado para evitar más problemas en caso de que explotara la guerra internacional. La Cámara de Comercio de Guaymas intentó entonces importar por barco $85,000 en alimentos de Sinaloa, aunque la devaluación de los “pesos infalsificables” dio al traste con esa intentona filantrópica.

Por otro lado, el orgullo del Porfirismo, los ferrocarriles, estaba en ruinas. Los rieles eran robados para ser vendidos como metal y los viajeros se aventuraban a lo desconocido: posibles ataques de bandidos o de Yaquis a los trenes, descarrilamientos por el estado de las vías u otros incidentes. Pero el mayor perjuicio de la situación ferroviaria fue sobre el abastecimiento de alimentos.

A ello le debemos agregar el tema de mi anterior artículo, la inflación que había convertido al peso mexicano en una moneda sin valor. Eso desencadenó la especulación y que los “coyotes,” como se les llamaba a los especuladores, fueran regularmente culpados de la situación y enviados a las Islas Marías; y mientras que los pobres del campo podían sembrar o explotar sus tierras para mejorar un poco su situación, los sectores más pobres de las ciudades fueron quienes sufrieron más, ya que no contaban con ningún colchón de alivio.

Posiblemente no sólo en Sonora sino en el resto del país a los mineros que trabajaban en empresas extranjeras les fue mejor. Las compañías de Cananea, Nacozari o El Tigre, que eran protegidas por los Constitucionalistas para cobrarles impuestos sobre su producción, a su vez no deseaban perder a los mineros y compraban alimentos para vendérselos a sus trabajadores a menor precio.

Pero éstos eran meramente alivios parciales, ya que la producción de granos del país decayó como consecuencia de la guerra, lo que ocasionó la hambruna. No son muy confiables las estadísticas nacionales para esa época, ya que probablemente pequen de optimistas, pero según éstas, para 1918, la cosecha nacional de maíz se calculaba entre la cuarta y tercera parte de lo que había sido antes de la guerra, y la del frijol había caído en un tercio, mientras que en ciudades como la capital del país, entre 1914 y 1915 los alimentos elevaron su precio en quince veces.

Por eso, mientras que para el 17 y 18 las tortillas eran un lujo para los oficiales de los ejércitos, los soldados tenían a veces que alimentarse de sus propias monturas; mientras, en Sonora los lugareños se preparaban sopas de nopales, de tallos de mezcal, o la “sopa de los pobres” en temporada: un puño de chiltepín mezclado con agua, al mismo tiempo que en regiones aún más pobres se alcanzaban a ver hambrientos revolviendo buñigas en búsqueda de comida.

Y la hambruna e insalubridad llevaron a su vez a las epidemias como el tifo, enfermedades gastrointestinales o la viruela con mayor incidencia en el centro del país: entre 1910 y 1917 la población de Guanajuato cayó de 35 a 13 mil, y la de Zacatecas de 26 a 8 mil. Y luego vino la pandemia de la Influenza Española.
Podríamos suponer que en regiones fronterizas como Nogales no nos fue tan mal debido a la posibilidad de acudir a la nación vecina,  Nogales, Arizona en nuestro caso, a comprar alimentos. Pero Estados Unidos intentaba que México abandonase su política nacionalista sobre la explotación del petróleo, y estableció embargos sobre la exportación de alimentos a México, por lo que poblaciones fronterizas como Nogales, que compraban sus alimentos en Arizona, sufrieron aún más. 

Esas fueron algunas de las razones por las que recientemente han sido revisadas las estadísticas de vidas afectadas en México por la revolución, de un millón a tres y medio millones, como ya vimos en un artículo anterior de esta serie, que puedes consultar aquí.

2 comentarios:

  1. http://fp-world.blogspot.com/

    visitem e comentem é sobre a fome(hambruna)

    ResponderEliminar
  2. No se si veas este mensaje, pero es muy interesante esto que escribes. En este momento pensaba sobre la hipocresía de un Zapata y un Villa de no querer ocupar la silla presidencial, cuando obviamente tenían un poder que no se sometía a ninguna ley más que sus propios caprichos como tomar las cosechas de los campesinos, los impuestos "revolucionarios" que mencionas, o el imprimir billetes a diestra y siniestra.

    ResponderEliminar